Camino de Santiago del Norte

Donosti (San Sebastián) – Santiago de Compostela
(04/09/2018 – 20/09/2018) 900km

Este año decidimos hacer el camino de Santiago en bicicleta, en concreto el del norte, que hace todo el litoral del norte de España, desde Irún a Santiago. Nos decidimos por éste huyendo del Camino Francés pensando que estaría menos transitado (o eso pensábamos), con unos lindos paisajes, buenas condiciones para ir en bici durante buena parte del recorrido y bastantes albergues.

Euskal Herria (País Vasco)

Nuestro viaje comenzó por averiguar la mejor manera de ir con las bicicletas de Barcelona a Donosti (San Sebastián) dónde marcamos el inicio del Camino. Optamos por el autobús, la opción más económica y a nuestro criterio sencilla de transportar la bicicleta, ya que solo tuvimos que desmontar la rueda delantera, girar el manillar en paralelo con el cuadro y embalarlo todo con papel film y, ¡listos! Cargando la bicicleta en el maletero del bus. Desaconsejamos la Renfe como alternativa para llevar la bicicleta porque pasan los años y sigue sin haber una normativa clara.

Tras siete horas y media de viaje llegamos a la estación de Donosti. El reloj marcaba las 5.30 de la mañana, era noche cerrada y hacía frío. Comenzamos a pedalear rumbo a la playa de la Concha, a unos 5 km de la estación siguiendo el bidegorri. Este primer paseo de calentamiento se nos hizo eterno y tardamos mucho porque nos sobrevino el primer contratiempo del Camino, una avería. La bicicleta de Daniela comenzó a hacer mucho ruido. La rueda trasera parecía trabada hasta que dejó de girar por completo. No llevábamos ni 5 minutos pedaleando.

Al ser tan temprano faltaban horas para que abrieran las tiendas de bicicleta, a eso de las 9.30-10 de la mañana. Fuimos a Antigua Bike donde nos atendieron bien y rápido. El problema era el eje de la rueda así que tuvimos que comprar una rueda nueva y, finalmente, comenzamos a pedalear cinco horas después de llegar a Donosti.

Saliendo de la ciudad tomamos el bidegorri (carril bici) que nos llevaba hasta un cruce con la Nacional-634, una carretera con bastante tráfico y un recorrido marcado por subidas y bajadas que va zigzagueando por el bonito litoral vasco. Tras recorrer 50 km llegamos a Zumaia que iba a ser nuestra primera parada del Camino. Llegamos pronto con lo que pudimos darnos un baño aprovechando que el mar estaba tranquilo aunque el agua muy fría. Comimos en la playa y esperamos a que a las 15 de la tarde abriera el albergue Covento de San José. Allí compramos la credencial, necesaria para alojarse en los albergues municipales del Camino. Para nuestra sorpresa el albergue estaba bastante lleno, pero tuvimos suerte y nos dieron una habitación de tres personas que quedó para nosotros dos. Nos acostamos pronto, cansados del viaje en bus y del paseo por Donosti en busca de una tienda de bicicletas.

Litoral guipuzcoano

Al día siguiente, teníamos que dejar el albergue antes de las ocho con lo que nos levantamos pronto para desayunar y preparar las cosas. Saliendo de Zumaia hay un bidegorri que atraviesa los pueblos pasando por el río Narrondo. Al finalizar el bidegorri empalmamos nuevamente con la N-634 en dirección a Markina, dejando atrás la provincia de Guipúzcoa y entrando en Vizcaya. El Camino por el medio de las montañas tenía un paisaje muy hermoso con poco tránsito en general. Uno de los primeros desniveles fue el alto de Itziar a 225 metros sobre el nivel del mar (m.s.n.m.). Descendimos hasta Deba pedaleando junto a la ruta de los acantilados de Flysch, unas formaciones geológicas características de esta zona que la marea baja nos permitió ver. Fue una linda pedaleada por un paisaje tan singular, monte a la izquierda teñido de rojo por la corteza de los pinos silvestres y acantilados de Flysch a la derecha, bajo un cielo que amenazaba lluvia que acabó por descargar sobre nosotros. Nos detuvimos en una parada de bus para resguardarnos de la tormenta. Tuvimos la suerte que mientras esperábamos, un señor en coche se detuvo y nos aconsejó un camino alternativo que os evitaba subir la montaña por la carretera principal. Su atajo nos llevaba por Saturraran paralelos a la playa evitando los coches y el desnivel.

Flysch entre Deba y Zumaia

A la una del mediodía ya estábamos en Markina, lo que aprovechamos para comer, tender la ropa mojada y descansar hasta que el albergue abriera, que como el de la noche anterior y la mayoría de ellos, lo hacían a las tres de la tarde. No fuimos los primeros en llegar, ya había peregrinos esperando. El albergue municipal de Markina es el Convento Carmelitas, también con un régimen de donativo que incluía desayuno entre las siete y las ocho. Nos gustó mucho el albergue, sobre todo por los hospitaleros que eran muy simpáticos. A las 22 horas se apagaban las luces y a dormir.

Nuestro tercer y último día en Euskal Herria fuimos de Markina a Portugalete, municipio pegado a Bilbao. Recorrimos 74 kilómetros en los que queremos destacar los que van de Markina a Guernika que aconsejamos a todo cicloturista por la belleza del paisaje y la escasez de tráfico. La carretera es la BI-2224 y atraviesa un bosque espeso y fresco con un buen asfalto que facilitaba las subidas y daba tranquilidad en los descensos. Eso sí, apenas hay metros llanos. Subimos el monte Gontzagarigana a 365 m.s.n.m. y el Astorkigana a 225 m.s.n.m para descender hasta Guernika, donde fuimos a ver el famoso roble, uno de los símbolos de Euskal Herria.

Carretera BI-2224, subiendo al monte Gontzagarigana a 365 m.s.n.m.

De Guernika a Lezama la carretera siguió picando hacia arriba y ya notábamos las piernas cansadas. Al subir el alto de Igertu giramos a la izquierda en dirección a Larrabetzu por la BI-2713. En esta zona vimos una cría de corzo cuya presencia, tranquila, nos ayudó a cubrir los últimos tramos de ascensión antes de iniciar el descenso hacia Lezama. La lluvia, una vez más, hizo acto de presencia, de modo que aprovechamos para comer unos bocadillos esperando que amainara. Esperamos y esperamos pero no dejaba de llover, de modo que la última parte del Camino, de Lezama a Bilbao la hicimos en tren, unos 10 km (1,80 €), con lo que nos ahorramos la entrada a la capital vizcaína.

Corzo en las afueras de Lezama

Bilbao nos resultó un poco caótica a pesar de que es una ciudad bonita que ha dejado atrás el pasado industrial y ha crecido de cara a la ría en cuyo paseo se ubica museo Guggenhein. Nuestra intención era dormir en Bilbao pero tuvimos una serie de contratiempos con los albergues por lo que seguimos pedaleando hasta Portugalete. En uno de los albergues, cerca de la Basílica de Begoña, no admitían bicicletas y el hospitalero nos mandó a un albergue privado de la iglesia al otro lado de la ría del Nervión sin avisarnos que era de pago y no tuvimos ganar de pagar los 11€. Rebotados pedaleamos 12 km hasta Portugalete, que contaba con albergue municipal. Pedaleando por la ribera opuesta a la del Guggengheim por el bidegorri fuimos dejando atrás el centro de Bilbao, por un camino no muy bonito que recordaba el pasado metalúrgico de la ciudad. Había obras y fabricas abandonadas, todo un pasado fabril que parece querer olvidarse. El bidegorri terminaba y se tomaba una carretera que llevaba al aeropuerto y tenía bastante tráfico. Llegamos a Getxo y Portugalete estaba del otro lado de la ría y lo atravesamos usando el famoso puente colgante, conocido como Puente de Vizcaya, inaugurado en 1893, siendo el primer puente de estas características en construirse. Fue curioso, nos costó 1,40€ y tardó escasos minutos en cruzar.

Puente de Vizcaya, construído entre 1887 y 1893, que une los dos margenes de la ria de Bilbao entre Getxo y Portugalete.

Por vez primera, llegamos al albergue tarde, a eso de las siete de la tarde, justo para ducharse, cenar, echar unas cartas y dormir. El albergue era de donativo, nos gustó mucho y también los hospitaleros, muy agradables, de modo que valió la pena hacer los 12 km hasta aquí. El albergue tenía a disposición de los peregrinos microondas, utensilios de cocina, café e infusiones.

 

Cantabria

Como sempre entre las 7 y las 8 de la mañana tuvimos que dejar el albergue. Ese día decidimos ir hasta la Reserva Natural Marisma de Santoña, Vitoria y Joyel, recorriendo unos 69 km. Al salir de Portugalete había un bidegorri de 10 km que nos llevó hasta Pobeña, la última población de Euskadi. Saliendo de Pobeña tuvimos que subir El Cobarón, límite entre las dos comunidades, Euskal Herría y Cantabria. Ya en Cantabria afrontamos el alto de la Haya con rampas del 10%, con un paisaje espectacular. De ahí fuimos hacia Laredo por una carretera de toboganes, por un paisaje poco atractivo que nos hizo el camino más difícil.

Vista desde la cima de la Haya en el litoral cantábrico.

Antes de llegar a Laredo pasamos por Castro Urdiales, Islares y Laredo, poblaciones litorales bonitas, históricas y turísticas. En Laredo fuimos hasta El puntal donde se coge el barco que nos llevó a Santoña. La travesía fue muy rápida, de unos cinco minutos. El albergue de Santoña estaba lleno ya que cogimos las fiestas locales. La alternativa fue pasar la noche en un camping al otro lado de la población. En general, nos gusta dormir en campings pero este no tenía nada especial, muy descuidado, sin apenas servicios y ninguna sombra. Esto nos chocó un poco ya que Santoña está junto a una Reserva Natural.

Castro Urdiales, al fondo se ve la Iglesia de Santa María de la Asunción, el Castillo de Santa Ana y el Puente medieval, en frente el mar cantábrico.
Travesía de barco de Laredo a Santoña.

Lo mejor del camping, por tanto, era su ubicación junto al mar y a 5 km del Faro del Caballo al que se llega desde varias rutas de senderismo que aconsejamos sin duda. De camino al camping dimos una pequeña vuelta en bicicleta para conocer las marismas y humedales, que suelen ser espacios con mucha biodiversidad e ideales para observar aves, aunque nosotros no pudimos ver muchos. El camping estaba al lado de la playa así que aprovechamos para tomar un baño en una agua muy movida y helada. Entre el barco y el camping gastamos 10€ cada uno.

Camino del Ecosistema que lleva al Faro del Caballo, en Santoña.

El día siguiente lo dedicamos a conocer la isla y el famoso Faro del Caballo, así que cambiamos la bicicleta por el senderismo. Los senderos hasta el Faro son fantásticos. Nosotros hicimos la Ruta del Ecosistema de 2,5 km en los que atravesamos un bosque de Laurisilva casi virgen, uno de los hábitats peninsulares con mayor índice de diversidad por km². Aconsejamos su visita por completo. Los senderos conducen al Faro donde comenzaba otro reto físico: primero descender y luego subir los 765 escalones hasta el Faro situado en un acantilado. Bonito, pero no repetiríamos. Nos parecieron más hermosos los caminos que llevan hasta el Faro que el Faro en sí. Volvimos por otra senda, la Ruta Azul que va pegada al litoral. Llegamos al camping hacia el mediodía, comimos y pedaleamos 20 km hasta Güemes, donde dormimos en el albergue del Abuelo Peuto. El camino, que iba por la carretera CA-141, se nos hizo un poco pesado por el calor y porque ya íbamos cansados de la ruta de la mañana. Entramos a Güemes por una carretera secundaria de subidas y bajadas. El albergue estaba al final de una durísima rampa.

Vista desde el Faro del Caballo.

Se trata de un albergue que cuenta con una gran reputación dentro del Camino del Norte y muchos peregrinos lo consideran el mejor, por lo que teníamos curiosidad para conocerlo. La verdad, es que no cumplió nuestras expectativas. El espacio es muy grande, bien cuidado y tranquilo, nada que objetar. Lo que no nos gustó fue la filosofía del lugar que se regía por una exigencia de caridad mal disimulada ya que todo funcionaba a voluntad pero se te recordaba constantemente la importancia del donativo para los proyectos que se financiaban con el albergue. Además nos hablaron de que la comida era comunitaria pero tuvimos la sensación de estar en un restaurante donde se nos servía y la comida la hacía una única persona contratada, lo que no tenía nada que ver con nuestra idea de comida comunitaria. No había opción de acceder a la cocina y la lavadora costaba 3,5€. Decepcionados por la mercantilización del lugar que era el mejor del Camino para muchos, nos fuimos a dormir. El desayuno del día siguiente era a la hora habitual, de nuevo servido por los voluntarios del albergue. Habría más cosas por decir del albergue que nos desagradaron. Si tenéis duda podéis consultarnos. No lo recomendamos en absoluto.

El sexto día de Camino llegamos a Requejada, pedaleando únicamente 38 km. El camino saliendo de Güemes era muy tranquilo y podíamos ir por un carril bici que iba paralelo a la N-611 que no tenía nada de tráfico. Nos detuvimos en Somo donde cogimos un barco hasta Santander que nos costó 4,25€ (bici incluida). La alternativa era un circunvalación bastante larga para llegar a Santander. Durante la travesía en barco y nuestra llegada a Santander que nos obligó a parar un rato. Abandonamos Santander por la misma N-611 con poco tránsito aunque tuvimos que volver a parar debido a la lluvia.

Em Somo cogimos el barco hasta Santander. La alternativa por tierra son 27 quilómetros más.

De Santander fuimos hasta Requejada parando en más de una ocasión por culpa de la lluvia. Un poco hartos de tanta agua, nos quedamos en el albergue Clara Campo Amor, aunque poco después paró de llover. El albergue costaba 6€, era pequeño y tenía un jardín donde se podía acampar por 2€ que no pudimos elegir porque todo estaba mojado. El albergue tenía un frigorífico donde se podían guardar las cosas y unas duchas espaciosas. La llave del albergue se cogía en el otro lado de la carretera en el bar que estaba al frente del albergue, que también permitía comer algo.

 

Asturias

Continuamos el camino por la nacional CA-131, tras una noche en la que dormimos un poco mal por culpa de los ronquidos de uno de los peregrinos con los que compartimos albergue. Gajes del camino. Ese día pedaleamos hasta la Playa de Vidiago, 74 km. Continuamos por una carretera de subidas y bajadas dirección Santillana del Mar donde el Dani tuvo un pinchazo, desmontamos todo y a seguir. Santillana es una población muy conocida y turística, bastante difícil de pedalear por los caminos adoquinados. Cerca de Santillana están las famosas pinturas de Altamira pero pasamos justo el día que el museo y la visita a las réplicas estaba cerrado, era el lunes. Entre Santillana y Cobreces nos encontramos a ciclistas entrenando de cara a la contrarreloj de la Vuelta a España que pasaba por la misma carretera que nosotros.

Iglesia parroquial de San Pedro Ad vincula, de estilo neogótico, en Cóbreces.

 Hacia el final de la mañana atravesamos el Parque Nacional de Oyambres en vez de seguir por la carretera principal, lo que suponía hacer 7 km más. El parque es pequeño y trágicamente nos sorprendió ver que tenía un campo de golf. Aún así, la carretera tenía mucho menos tráfico y el camino va por el litoral cántabro pedaleando junto al mar, prados y montañas.

Prados típicos del litoral astur-cántabro.

Saliendo del Parque de Oyambres se inicia un descenso que lleva hasta San Vicente de la Barquera donde paramos a comer. Es una población costera que destaca por el puente de acceso. De San Vicente fuimos hasta la Playa de Vidiago, ya en Asturias. Paramos en el Camping La Paz, un poco alejado del Camino, 1,5 de desvío más o menos. Como que el camping era medio abierto nos pusimos a dormir justo al lado en una zona muy tranquila que tiene mesas para comer. Cerca del camping tuvimos la suerte de encontrar rebozuelos/rossinyols en una pequeña ladera muy húmeda, así que nos los freímos para cenar. Excelente forma de terminar el día.

Zona del Camping La Paz en la playa de Vidiago.

 

Al día siguiente, sin prisas para madrugar, demoramos hasta las 9 porque hacía bastante frío para salir de la tienda. Nuestra intención era pedalear hasta el área recreativa de Garaña a 42 km. Asturias tiene bastantes áreas recreativas así que decidimos aprovecharlas para pasar la noche. La mayoría contaba con fuente y mesas y bancos.

De camino a Garaña fuimos por la AS-263 hasta La Nueva Llanes donde hicimos un nuevo desvío para conocer la playa de las Cuevas del Mar. Vale la pena. A partir de aquí fuimos a la aventura por una senda entre playas y acantilados que recomendamos sin duda. Gracias a un cartel descubrimos que era la ruta E-9, que consta de 6 km a través del litoral asturiano pudiendo ver playas espectaculares como la de Vilanueva en la que el mar entra por una grieta rocosa.

Playa de Vilanueva
Ruta E-9.

El final de esta ruta llevaba hasta el área recreativa de Garaña donde acampamos. A nuestra izquierda nos acompañaban los Picos de Europa, así llamados porque los marineros eran lo primero que veían al aproximarse hacia Europa. Por esta zona hay la posibilidad de tomar el desvío hacia Oviedo y el Camino primitivo atravesando los picos.

Área recreativa de Garaña.

Nos quedamos cerca de Ribadesella porque al día siguiente teníamos reserva para ir a ver las Cuevas de Tito Bustillo al mediodía. Tuvimos la suerte que nos faltó en Altamira. Podimos conseguir entradas y además gratos por ser miércoles. Por segundo día nos levantamos sin despertador. Pequeño desayuno y seguimos por otro tramo de la E-9 que nos llevaba hasta los Bufones de Pría. Otro paraje que recomendamos, ya que son chorros de agua que salen disparados de agujeros en la roca cuando el mar está revuelto. Nosotros no pudimos verlo porque el mar estaba tranquilo ese día pero aún así el paisaje de acantilados con prados y vacas es muy singular.

Bufones de Pria.

Ahora bien, es un camino que si llueve puede tener bastante barro y puede complicar el viaje con alforjas. Saliendo de la E-9 llegamos a la N-634 hacia Ribadesella a ver las cuevas. Además de la belleza natural de la cueva consta de pinturas rupestres con una cronología entre 11.000 y 35.000 años con varios períodos de ocupación y por tanto de artistas. Especialmente hermosas eran las estalactitas, estalagmitas y columnas que se habían formado. Tuvimos la suerte de poder ver otra cueva, la Cuevona, también gratis. Una cueva diferente, sin ocupación humana, a la que a través de un corredor se llega a una galería central inmensa en la que nos sentimos minúsculos. Su acústica es perfecta y en algunas ocasiones en verano se hacen conciertos de música clásica y el guía siempre pregunta si alguien sabe cantar (bien) que aproveche para dar un recital.

La visita de las dos cuevas hizo que dejáramos Ribadesella a las 5 de la tarde y nos quedaba poca luz para llegar hasta el albergue de Sebrayu, nuestro siguiente punto. Fuimos por la N-634 hasta Colunga y después cogimos una secundaria bien asfaltada que pasaba por Priesca a 150 metros de altitud. Ya era tarde y la subida nos castigó bastante porque tenía rampas muy exigentes. Una vez en la cima ya solo teníamos que descender hasta Sebrayu, una antigua escuela. La hospitalera, Sonia, llevaba 20 años de voluntaria. Llegamos bastante tarde lo que fue una pena porque el albergue era muy agradable con cocina bien equipada para cocinar, sala de comer, juegos, libros y un pequeño sofá en la parte de abajo donde estaban las 14 literas, donde había otros 3 peregrinos. Costaba cinco euros y tenía la salida entre las 9-10 de la mañana. Un albergue muy recomendable.

Castaño centenario en el municipio de Villaviciosa.

De Sebrayu fuimos a Gijón (Xixón) aprovechando para visitar un amigo que vivía allí. Seguimos las carreteras secundarias VV10, VV9 y VV8 hasta empalmar con la nacional a 5 km de Gijón. Fue una jornada cuesta arriba aunque la ruta fue muy bonita, zigzagueando montañas. La primera cuesta la empezamos en San Juan de Amandi y subimos al Cordal del Peón a 438 m.s.n.m. Prácticamente no pasan coches, así que es muy tranquila a pesar de la dureza de sus empinadas rampas. Tras un largo y rápido descenso volvimos a subir unos 3 km más, ahora al Alto de Curbiello a 270 m.s.n.m. donde paramos para tomar una sidra, bebida obligada de probar en Asturias. Estábamos casi en Gijón, solo faltaba descender y empalmar con la nacional. Estuvimos un día en Gijón para conocer la ciudad, de la que aconsejamos visitar el Jardín Botánico e ir de sidra por los bares con tapas gratis.

Último desafio del dia, subir al Alto de Curbiello. En la cima había un café donde probamos la típica sidra asturiana.

La salida de Gijón es bastante fea al tratarse de una zona industrial llena de fábricas además de tener la central térmica. Fuimos de nuevo subiendo hasta el Monte Areo y llegamos a Avilés por la N-634. La entrada a Avilés es de las zonas más feas del Camino del Norte. Intentamos ir lo más rápido posible para dejar atrás esta zona y seguimos por la N-634. Como siempre, no dejamos de subir y bajar, con una altimetría media de unos 100 m.s.n.m.

Zona industrial en la salida de Gijón.

Nos desviamos del Camino a la derecha para conocer la playa de Aguilar, espectacular y con un área recreativa donde se puede acampar con tranquilidad. Pese a ello decidimos hacer 11 km más hasta el área recreativa de Monte Valsera, a 69 km de Gijón, después de Codilleiro y cerca de Soto de Luiña. Fueron 11 km muy duros con rampas durísimas. El área recreativa de Monte Valsera estaba muy bien cuidada y era muy bonita en medio de pinos silvestres y setas, además de tener fuente, mesas y zona de barbacoa. Había una única familia que terminó marchándose.

Vista de la primeira subida, saliendo de la playa de Aguilar.
Área recreativa Monte Valsera.

Antes de marchar por la mañana aprovechamos la tranquilidad del lugar para coger alguna seta más. Luego seguimos por la N-634a, subiendo y bajando, con no tanta dureza como el día anterior. Cada pequeña población estaba al final de las subidas, a unos 3 o 4 km unas de otras, muy bien cuidadas en general. El Camino es muy bonito por esta zona a pesar de que la flora autóctona se ha ido substituyendo por eucalipto, aunque también pueden verse pino silvestre, castaños y robles.

Aldea de Cutiellos, una de las mejor cuidadas por las que pasamos.

Íbamos a quedar en Cadavedo, haciendo tan solo 30 km, porque el Dani ese día no se encontró bien, pero el albergue estaba lleno. Así las cosas, cogimos el tren Feve de Cadavedo a Luarca donde pedaleamos otros 3 km hasta Almuña donde estaba el albergue municipal en las antiguas escuelas. Pudimos descansar bien y recuperar fuerzas en un albergue tranquilo donde solo había otros dos peregrinos. El albergue solo costaba 5€ con cocina equipada. Tras un baño caliente y una sopa fuimos a dormir. Al día siguiente ya llegamos a Galicia.

 

Galicia

Como el albergue de Almuña no estaba exactamente en el camino, volvimos de nuevo hasta Luarca donde cogimos la N-634 hasta la Playa de las Catedrales. El Camino no pasa por aquí pero nosotros decidimos hacer este desvío para conocer esta playa tan mítica de Galicia. Finalmente acabamos la pedalada de ese día en Gondán, a 92 km de Almuña, la etapa más larga del Camino. Por suerte los primeros 20 km hasta Navia fueron completamente planos, algo nada habitual en el Camino del Norte, por lo que pudimos ir bastante rápidos. De Navia hasta Ribadeo había algunas subidas y bajadas pero no muy duras. En Ribadeo entramos a Galicia pasando la frontera natural del río Eo, en una desembocadura muy bonita que separa Galicia de Asturias.

De Ribadeo fuimos hasta la playa de las Catedrales, un sitio muy peculiar y lindísimo. Cuando la marea baja podemos caminar entre formaciones rocosas que forman cuevas y túneles entre playas. Así que aprovechamos el día de sol para relajarnos un poco, dar un baño y comer en la playa. De repente, el día soleado y despejado se cubrió con una niebla tan rápida e intensa que en pocos minutos dificultó la visibilidad y nos llenó de frío. La niebla y el frío nos echaron de la playa y pedaleamos los últimos 17 km hasta el albergue. Seguimos por la N-634 hasta la LU-P-0608, una carretera alternativa con un asfalto fantástico y sin coches. Los primeros siete kilómetros fueron de subida, después un poco de llano y finalmente un descenso hasta el albergue a 100 m.s.n.m. Al alejarnos de la playa el cielo volvió a abrirse y el sol quemaba de nuevo. En el albergue eramos pocos, pagamos 5€ y tuvimos cocina con utensilios. Como que aún no era tarde aprovechamos para lavar la ropa, jugar unas cartas, comer y dormir.

Praia das Catedrais en el mismo día, dos horas después.

El día siguiente fuimos hasta Baamonde, 78 km en los que nos cansamos bastante porque la etapa fue muy dura. Comenzamos con subidas y bajadas hasta Mondoñedo donde comenzaba una subida larga de unos 16 km que nos llevó hasta los 440 m.s.n.m. Las partes más duras fueron al inicio y en la parte final. Durante ese trayecto pasamos por aldeas, casi sin habitantes y en algunas partes había recovecos singulares. Subimos hasta el alto da Xesta a 500 m.s.n.m. y de allí descendimos hasta Gontán donde paramos a comer y descansar un rato. De Gontán seguimos por la N-634 hasta Baamonde en un tramo bastante feo, sucio y con coches pasando muy rápido. Nada recomendable. La carretera, de subida y bajada, tenía un último tramo de 5 km de subida hasta Baamonde donde el Dani tuvo un pinchazo. Parar, desmontar, parche y a seguir. Nuestra idea inicial era ir hasta Miraz, unos 10 km más adelante, donde había un albergue con donativo pero las energías ya no daban para más, de modo que nos quedamos en Baamonde en un albergue de 6 €. El espacio era muy agradable, con un patio, lugar para 90 personas y cocina pero muy pequeña y sin utensilios. Como llegamos a las siete de la tarde apenas pudimos ducharnos, cenar y dormir.

Nos levantamos temprano como es norma en los albergues. Fue nuestro penúltimo día de Camino del Norte, en el que fuimos casi siempre por el trazado del Camino o siguiendo algunas carreteras secundarias. La nacional estaba bastante deteriorada. Fuimos hasta Santa Irene, en un total de 88 km. Fue otro día de subir bastante, primero a La Cabana a 620 m.s.n.m., donde pensamos que era el final de la subida, pero finalmente continuaba hasta la frontera entre las provincias de Lugo y la Coruña, a 720 m.s.n.m. El Camino hasta aquí fue muy bonito por carreteras secundarias y sombreadas.

Caminos por Galiza rumbo a Sobrado.

 

De  la cima bajamos hasta Sobrado dos Monxes. La entrada de la población tiene un lago artificial pequeño y bonito construido por los monges en el siglo XVI y hoy en día es un pulmón de biodiversidad para amfibios y aves acuáticas. Del pueblo destaca el Monasterio de Sobrado dos Monxes, donde es posible dormir. En Sobrado fuimos por primera vez a un restaurante, ya que hasta ese día habíamos cocinado siempre con el camping gas. El menú nos costó 9€ así que comimos y descansamos un poco para continuar los últimos 20 km hasta Arzúa, donde pensabamos quedarnos en el albergue municipal. Arzúa es la población donde se reunen el Camino del Norte con el Francés, y a partir de aquí encontramos a muchos más peregrinos. No imaginamos que hubiera tantos pero para nuestra sospresa el albergue estaba lleno y también muchos de los privados. Así que no tuvimos más opción que pedalear 18 km más hasta Santa Irene, la siguiente población con albergue municipal a 20 km de Santiago. Cuando llegamos eran ya las ocho de la tarde así que poco más que cenar, ducharnos y dormir en un albergue que contaba con microondas, internet y algún utensilio para cocinar. Costaba 6€.

Lago de Sobrado dos Monxes.

Finalmente, llegamos a nuestro último día de Camino, en una etapa tranquila de 20 km. El albegue lo tuvimos que abandonar antes de las ocho de la mañana con poca opción de margen porque a las ocho y cinco queríamos hacer la típica infusión previa y preparar un café y ya no nos dejaron, expulsándonos literalmente del albergue, algo que nos sorprendió y no nos gustó nada y que es una de las consecuencias de la mercantilización del camino, sobre todo cuanto más cerca está de Santiago.

Tras este primer incidente seguimos el Camino por un tramo muy bonito pese a estar lleno de gente que nos obligaban a ir muy despacio con la bici. Pese a la belleza del Camino nos sentimos bastante asfixiados hasta el punto que renunciamos a entrar a Santiago por el Camino y lo hicimos por la nacional. Era un día con niebla y frío, gris, un día típico de Santiago.

Camino de Santiago, a las afueras de Santiago.

Ya en Santiago fuimos hasta la zona de la Catedral. Era temprano, así que aprovechamos para dejar las bicicletas en el servicio de entrega de bicicletas a domicilio, por 38€ cada uno. Ya sin bicicleta y sin peso, cambiados y sin mallas aprovechamos para dar una vuelta por Santiago, comer por allí y por la tarde un autobús de regreso a casa.